martes, 5 de junio de 2012

El síndrome de la biblioteca pública

Esta entrada tenía que llegar. Me declaro adicta a las bibliotecas públicas. Ya está. Confesado.

Como bien dice Jame Steward en "Historias de Filadelfia" (una de los Clásicos que TVE rescató hace poco y que gracias a la crisis pudimos disfrutar): "Ya nadie compra libros si hay una biblioteca pública". Una verdad como un templo.

Cuando yo era pequeña, mi madre me solía llevar a la biblioteca de mi barrio a pasar la tarde. Hizo bien, porque me inculcó la lectura y me desvió de la televisión. De esa manera conseguí leerme los cómics de "Asterix y Obelix", las aventuras de "Tintín" y bastantes libros más. Podía pasar horas mirando y rebuscando entre todas las cubiertas de los libros y en los cajones de los cómics. Puede que suene literario, pero era una pura aventura ir allí y tener tanto donde elegir. Luego crecí y mi adicción no paró. Ahora sigo yendo y visitando esos templos del saber. He salido del pueblo y he descubierto las bibliotecas de Madrid y cada vez que entro a la que usualmente voy, la de José Hierro en el barrio de Usera, entiendo lo que sintió Stendhal cuando entró en la Basílica de la Santa Cruz en Florencia: me pongo nerviosa, no sé si subir a la planta de cine, mirar las novedades o salir corriendo hacia la sección de cómic. Y la última vez descubrí que ahora prestan revistas durante una semana (no me desmayé de milagro!). Pero no sólo es eso.

Hace poco, buscando un libro en el maravilloso portal de las bibliotecas públicas en el que puedes hacer una desiderata para pedir un libro (yo lo hice y me trajeron el que quería, como los Reyes Magos), fui a la de Carabanchel, la de Luis Rosales y allí tenían la exposición 20 años de Bola de Dragón que estuvo en el último Expomanga 2012. Vamos, que el que no la haya visto es porque no quiere.

No sabéis la de cómic que estoy leyendo gracias a las bibliotecas públicas. Pero es que, además, tienen novedades sacadas al mercado el mes anterior. Que hay veces que me encuentro con un montón de cómic en la mano y sólo puedo llevarme 3.

En fin, podría seguir hablando de sus maravillosas cualidades y no pararía. Y si me preguntáis, no, no les veo ni un defecto. Son perfectas. No hay mejor invento que una biblioteca pública.