lunes, 12 de septiembre de 2011

Tic, tac, tic....



Cuando después del "tic" no oyó el "tac" de la aguja del reloj, supo que el tiempo se había detenido. Esas cosas se notan y durante unos pocos minutos fue consciente de ello. Vio pasar su vida por delante de sus ojos, lo que había hecho y lo que nunca se atrevió a hacer. Era incapaz de decir si estaba de pie, tumbada, sentada o levitando. Sólo sabía que lo que estaba viendo le gustaba, pero de repente se acabó, tan rápido que no le dio tiempo a parpadear.

El reloj se detuvo demasiado pronto y lo peor es que nunca fue consciente de que se movía y el tiempo pasaba.

Lo olvidó todo mientras lo miraba, quién era y lo que había vivido y cuando quiso acercarse al reloj para verse, la esfera ya no le devolvió su reflejo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Dime qué transporte público tienes y te diré cómo eres...

Ayer leí una noticia sobre las quejas de los usuarios del metro de Madrid. Según la información “sufrimos en silencio” el incivismo de algunos que creen que la palabra “público” les da la libertad de hacer a sus anchas. Pues sí. En verdad sí que sufrimos y callamos, y hacemos tremendamente mal, por nosotros y por la educación de quien está perturbando nuestra paz, si es que a ir en metro, cercanías o autobús se le puede llamar paz. Vivir en esta ciudad es complicado y creo que es porque estamos acostumbrados a un ritmo de vida demasiado rápido. Cuando más se ve es cuando nos vamos de vacaciones: nos relajamos, andamos despacio, miramos el paisaje… pero es llegar a esta gran urbe y el cuerpo te pide, instintivamente, que aceleres tu ritmo, que hagas lo mismo que hacen los demás. Por eso creo que gran parte de la gente es poco educada, los demás callamos esas infracciones (también porqué no sabemos muy bien cómo quejarnos, dónde y a quién) y llegamos al punto de estresarnos cuando se coge el transporte público.  

Pero no todo tiene sólo un lado negativo. Ser madrileño y usar el transporte público tiene sus ventajas. Tenemos los reflejos más agudizados, si no quieres que el pasajero que no puede esperar a que tu salgas del tren te disloque un hombro, ya podemos estar espabilados. Desarrollamos el oído y somos capaces de oír la música y reconocer al grupo del pasajero que está cuatro asientos al otro lado. Al igual que nuestro cerebro puede estar en dos conversaciones: la de la persona con la que viajamos y la de quien se cree que por hablar más alto a través del móvil en el suburbano su interlocutor al otro lado del teléfono le va a escuchar mejor. Nadie nos negará que poseemos la destreza de un león para cazar, de otear el horizonte y ver si algún animal más se ha dado cuenta de nuestra presa, el asiento, y todo en muy pocos segundos. Con el tiempo hemos desarrollado esa mirada inculpatoria hacia aquel que no cede su asiento a una mujer embarazada, un anciano o un niño. Podemos llegar a ser muy crueles, despiadados y sólo con la mirada.

Parece ser también, que estamos descontentos con el trato que recibimos de los taxistas de Madrid. No son simpáticos, ni limpios, y un poco careros. Los profesionales del sector se respaldan en que en Madrid se conduce con tensión, con mucho problemas de tráfico y se compite por el cliente. Otra vez las prisas que acompañan a esta ciudad.

Como decía antes, vivir en esta ciudad es complicado. Lo expresó muy bien hace poco Eduardo Verdú en uno de sus artículo, “El alma en suspensión”: “… esta metrópoli que odiamos y nos ama, que nos detesta mientras confesamos no poder vivir sin ella”. Y es así, esta ciudad nos atrapó desde el primer día, con sus prisas y su estrés. ¿¡Qué se puede esperar cuando uno de nuestros emblemas y la última cosa que miramos el último día del año es un reloj!? Si me dieran un papel, escribiría todo lo que quiero cambiar de esta urbe, pero lo rompería antes de entregárselo a nadie y saldría a la calle, a pasear y dejar que la ciudad me lleve por donde quiera que vaya.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Noticias que siempre aparecen...

Me gusta imaginar que en las redacciones de periódicos, cada comienzo de año, el director, el redactor jefe y un redactor se juntan en una reunión secreta con un calendario para decidir la ubicación de ciertas noticias que siempre tienen que aparecer: el jabalí que se escapa e invade una autovía, el descubrimiento de unos restos romanos o ese bebé que se cae desde un cuarto piso y no tiene ni un rasguño. Los imagino sentados en una mesa redonda, con la única luz de una lámpara sobre sus cabezas y jugando estratégicamente sobre el calendario para que todos esos eventos extraordinarios no coincidan en el tiempo, para que la gente los asimile y los recuerde y quizás, por un momento, olviden las noticias tediosas sobre el Fondo Monetario Internacional, el PP y el PSOE, etc...

Luego, como quien no quiere la cosa, las van publicando, con sus fotos, sus vídeos… para que nadie se de cuenta, pero, en el fondo, todo es un montaje. Persiguen algo tan sencillo como situar al lector en un tiempo y un momento. Hacer que olviden todo lo que se nos puede escapar de las manos y situarnos en esta realidad, tan sorprenderte y cercana. Esas historias que te cuenta un vecino al que te has encontrado cuando vas a tirar la basura, en un encontronazo casual y que nos hacen reír o ponen nuestro cuerpo en tensión deseando que esa anécdota que nos pone los pelos de punta nunca nos ocurra a nosotros.

Historias que son tan reales como la vida misma y que este pequeño cónclave de periodistas nos recuerda que hay que vivirla cada día.