martes, 26 de octubre de 2010

UN CINE MÁS QUE DESAPARECE


Fachada del Cine Tívoli, cerca de la calle Alcalá (Madrid)

Llevo tres meses pasando por delante de las obras de un edificio. Estaban tapadas por la típica cortinilla verde, por lo que deduje que era una remodelación del bloque. Ayer descubrí, y tengo que decir que casi me quedo con los pies pegados al suelo, que en realidad el edificio al que nunca había mirado detenidamente era lo poco que quedaba de un cine, concretamente el “Cine Tívoli”.

Siento una pequeña devoción, debilidad, curiosidad, por los cines que todavía no se han derribado aunque cerraran hace años. Lo que habrá al otro lado de la puerta siempre me ha intrigado: cómo habrá sido por dentro, qué material quedará en su interior, tendría un puesto con palomitas…mi mente vuela sola ante la puerta cerrada de un cine antiguo.

Cine Tívoli (si se observa bien, se ve el interior del cine vacío, incluso se ve un poco de luz que demuestra que su techo y sus paredes han desaparecido)

El “Cine Tívoli” abrió sus puertas el 31 de octubre de 1930 (sí, dentro de pocos días hará 80 años de su nacimiento). Por los documentos que he podido encontrar, su cierre fue hace cinco años, aunque intuyo que fue algunos años más. El periódico El Heraldo anunció a tres columnas su inauguración. La primera película con la que los proyectores se pusieron en marcha fue “La isla de los barcos perdidos” (1929).

Recorte del periódico El Heraldo (30/10/1930)

Hoy, si pasáis por delante de ese edificio, sólo veréis las letras. El interior está vació. No hay nada: ni tejado, ni asientos, ni suelo, ni paredes. Sólo la fachada con el nombre. ¿Qué puede hacer sentir más vacío interior a una persona que el propio vacío? El edificio se convertirá en 24 viviendas de lujo, un local comercial y un garaje robotizado de 58 plazas.

No puedo dejar de imaginarme las miles de personas que pasaron por esa puerta: los niños que habrán llegado emocionados al cine a ver a sus héroes en la pantalla; las parejas que se citaron en la puerta: él fumando un cigarrillo mientras miraba ansioso el reloj pensando si ella aparecería (antes no había móviles, y lo bonito de la vida era la aventura); los ancianos que para terminar una agradable tarde de paseo por el Retiro, decidieron ver a Humphrey Bogart decir aquello de “siempre nos quedará París”. Esa sensación de estar en la cabina, poner el rollo de película, apagar las luces y oír el silencio al otro lado de la pared mientras la película da comienzo.

¡Los cines de barrio, los de toda la vida, nunca debieron desaparecer! Son más auténticos. Más cercanos.

Recuerdo que de pequeña, mi madre solía llevarme al "Cine Avenida", a 10 minutos de mi casa, a ver las películas de dibujos. Cuando era adolescente, mis amigos y yo llegábamos a ese mismo cine, y aunque no nos gustara ninguna de las dos películas que echaban, siempre acabábamos dentro. Y recuerdo cuando lo cerraron y con los años lo convirtieron en un Hiper. Ahora, cada vez que paso por allí, me quedo unos segundos mirando la puerta del supermercado, recordando los viejos tiempos. Inevitablemente, una parte de la historia de mi vida se quedó dentro cuando cerraron las puertas por última vez.


Fotos: Móvil Nokia X6

ROCÍO CAMPOS

domingo, 24 de octubre de 2010

HITCHOCK EN GETAFE NEGRO

Un viaje para conocer a un gran director de cine...


“Getafe Negro” rindió ayer, sábado, un homenaje al director Alfred Hitchock. Entre escenas de míticas películas como Psicosis, Con la muerte en los talones o Los Pájaros, los ponentes hablaron de la personalidad del director. Inés París, presidenta de CIMA (Asociación de mujeres cineastas y de los medios audiovisuales); Manuel Martín Cuenca, director de cine; Lorenzo Silva y David Barba, ambos escritores, comentaron la gran maestría con la que Hitchock dotaba a sus obras, y eso que él no escribía los guiones.

Tensión y suspense fueron las palabras más repetidas a la lo largo de la hora y media que duró la charla. Los ponentes comentaron que el cine actual se rige por la sorpresa. Ya no se hacen películas con esa clave de tensión. Ese momento en que el espectador conoce algo que los personajes no saben. Un mínimo detalle que nos mantiene atentos a la pantalla para ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Para lograr esto, el director sabía perfectamente aguantar los planos, los tiempos, los silencios para dotar a la película del ritmo necesario.

Alabaron la gran capacidad del director para hacer una película completa y presentar a los personajes en una hora y media. Lo sabemos todo de ellos a través de sus actos y sus palabras (aunque para Hitchock, los diálogos siempre fueron secundarios) y, sobre todo, a través de su vestimenta. Cómo el personaje de La ventana indiscreta está perfectamente ataviado con el pijama o la elegancia con la que lleva el traje Cary Grant en Con la muerte en los talones.

En un momento de la charla, salió el nombre de Quentin Tarantino. Podría parecer inapropiado, pero las explicaciones de los ponentes lo aclaran. La relación entre estos dos directores está marcada porque ambos cuentan relatos de ficción. Nunca buscan mostrar con sus películas la realidad. Saben que su historia es ficción y como tal se tiene que ver y disfrutar. Hitchock decía que sus películas tenían que producir el mismo placer que cuando te despiertas de una pesadilla. Tienes que darte cuenta que todo se ha acabado y que sólo era un sueño.

El homenaje al director del suspense acabó hablando de los temas que siempre rodean al director: su obsesión por las mujeres, el macguffins, el hecho de aparecer siempre en sus películas. Aquí dejo un enlace de un video que se mostró en la charla en la que se ven los momentos en los que interviene el director en su película. http://www.youtube.com/watch?v=OW6Rdiqlg2E

Si creéis que viendo una sola vez las películas de Alfred Hitchock es suficiente para admirar su arte, estáis equivocados. Cada vez que se visionan, se descubren cosas nuevas.

ROCÍO CAMPOS

domingo, 17 de octubre de 2010

AMOR A PRIMERA VISTA


Puesto con libros

Otoño es una época del año fría, pero llena de color. El poco sol que algunas veces se deja ver, ilumina con más fuerza que en verano. Al menos su luz es distinta. Por eso, los pocos días que no llueve, se deben aprovechar.

A mediados de octubre, la Feria del Libro monta en Getafe sus puestos, coincidiendo en los últimos años con el Festival de Getafe en Negro. Su tercera temporada ya ha comenzado y del 18 al 25 de octubre las calles se llenarán de curiosos compradores, futuros investigadores y escritores importantes.

Distintos visitantes en la Feria del Libro

Cada año, la Feria del Libro Antiguo en Getafe consigue que la gente se acerque, un poco, a la literatura. Pasean, ojean los libros y si les convencen, acaban comprando. Aunque tengo la ligera creencia que los libros infantiles son los que más se compran. Los niños siempre consiguen llevar un libro a casa. La pena es que con la edad los abandonen.

Librero en su puesto de libros

Pero no sólo una buena portada, sinopsis o ilustración consigue que adquiramos un libro. El librero es uno de los mejores profesionales en su sector. Al fin y al cabo, un negocio es un negocio y aunque los e-book estén llegando al mercado de forma sigilosa, el libro, ese objeto romántico, cargado de historia y de valor, sobrevive. Ellos lo saben bien. Puede que para los jóvenes dependientes, sólo sea un trabajo. Pero para los libreros de toda la vida, aquellos que han vivido entre libros y que saben cuándo uno es bueno o malo con sólo mirarlo y tocarlo, es una forma de vida.

Librero en su puesto de libros

Cuando un cliente se acerca al puesto, le deja pasear, que pase la mirada por cada libro, cada portada. Que se interese por alguno, que lo coja, que mueva las hojas. El librero mira, sin mirar, al cliente. Anda, con pasos cortos, por detrás del mostrador y acude en el momento exacto. El buen librero nunca agobia, no anima a comprar un libro. Sabe que si el cliente se ha prendado de uno de los miles que hay, lo va a comprar. Su misión consiste en animar al lector a que viva esa aventura con paciencia. No siempre la elección es la correcta, sólo hay que saber saborear cada página, cada palabra.

Un libro infantil que se transforma en barco

Pasear entre las casetas llena ese lugar de un aire distinto. Podría decir que es “bohemio”, pero creo que eso se quedó en el siglo XIX. Uno se olvida de lo que tenía que hacer. Pasa por delante de un puesto y su paso disminuye hasta detenerse. No es una percepción. Es un hecho. Y si no, hagan la prueba. Con sólo diez minutos son suficientes para hacer una investigación de campo. Pero lo mejor de todo esto es comprobar que la pasión hacia la literatura todavía existe. Por muchas encuestas y datos que se publiquen a lo largo del año, no hay mejor manera para conocer cuánto lee la gente que pasarse por una feria del libro. Esa paciencia con la que observan, con la que estudian la posibilidad de comprar. Ese “amor a primera” vista ni siquiera se vive con una persona. Sólo se puede experimentar entre libro y lector.

Fotos: Canon Eos 450 D

ROCÍO CAMPOS

jueves, 7 de octubre de 2010

LA MÁGICA LISBOA

Cómo viajar y descubrir sensaciones nuevas...

Castelo de S. Jorge

Lisboa no es la capital más bonita de Europa, ni la más organizada, moderna o limpia…pero quizás es una de las más mágicas. Entre el cielo y el suelo, Lisboa tiene un doble techo lleno de cables, los del tranvía. Una seña de identidad y la forma de moverse por una ciudad bohemia y con pocas ganas de cambiar.

Como si de un plato hondo se tratara, Lisboa está dividida en dos partes: una antigua y otra moderna. En el fondo, está todo el centro, con sus tiendas nuevas y de marca, la estación de tren, y algún que otro monumento. En el borde dos de los barrios más originales y visitados: el barrio alto y la Alfama. De noche puede que no desprendan la seguridad del centro, pero nadie puede negar que las luces, las cuestas, y el ruido del tranvía de fondo, hacen de esta ciudad una de la más antiguas de Europa.

Contraste del barrio antiguo y el moderno

A veces es recomendable ir a la Oficina de Turismo, a veces no. Tanto en Lisboa, como en Sintra y Estoril, los trabajadores decidieron que no iban a vender la ciudad al extranjero. Así que con un mapa en la mano y con la poca explicación que habíamos conseguido extraer, fuimos andando hasta donde nuestros pies nos llevaran.

El primer día nos fuimos hacia el “Castelo de S. Jorge”, en el barrio de Alfama. Lo mejor, sin lugar a duda, las vistas de la ciudad. Dos contrastes, lo antiguo y lo moderno. Y una recomendación: andar por sus calles, extraer las mejores fotos (que no es difícil) y ver atardecer en “Restô do Chapitô”, un centro cultural que a la vez es restaurante y desde donde se observa como el sol se esconde detrás de la ciudad. Una buena recomendación de una conocida. No perderse tampoco la "Sé de Lisboa", su catedral.

Monasterio de los Jerónimos

El segundo día tomamos uno de los famosos tranvías (pero este era moderno) que nos llevó hasta el barrio de Belém. Lo mejor para ir allí es comprar la “Lisboa Card”. Por solo 17 euros/persona puedes ver todos los monumentos que quieras y montar en los medios de transporte. ¡Ojo! Sólo dura 24 horas, pero se rentabiliza. Allí se puede visitar el “Monasterio de los Jerónimos”, clasificado como Patrimonio Mundial. Es bonito, pero masificado. Por lo menos el día que nosotros fuimos. Y, seguramente, es lo que mejor tienen conservado.

Calle arriba se llega a los otros dos monumentos turísticos: la “Torre de Belém” y el “Monumento a los Descubrimientos”. Pero lo mejor estaba por descubrir y no viene en la guía: el “Palacio de Ajuda”. Por fuera parece un lugar destruido y sin gran cosa que ofrecer, pero por dentro es una maravilla. Tiene todas las salas (que son bastantes) decoradas con muchos elementos de la época. Se empezó a construir alrededor de 1800 y hoy en día es un museo histórico. Merece la pena porque es uno de los tesoros escondidos de Lisboa. Y no es tan caro como otros monumentos que no valen lo que cuestan. ¡Ah! Y no podéis olvidaros de comer los famosos “pasteles de Belém”.

Palacio de Ajuda

Por la noche, hay que montarse en el tranvía típico que te sube al barrio alto, el “Elevador de la Gloria”, pero si se quiere subir sin tomar el tranvía y sin pagar nada, existe un truco que todo turista debe conocer: cerca del “Elevador de Santa Justa”, hay una parada de metro ( Baixa-Chiado) que cruza del centro al barrio alto sin subir en tranvía ni pagar metro. Solo hay que bajar y subir unas cuantas escaleras mecánicas. Toda esa zona está reservada para la noche. Bares y restaurantes animan las elevadas calles para disfrutar de la ciudad.

Y el último día se aprovecha para visitar lugares cercanos que merecen ser vistos. En nuestro caso fue el único día que nos hizo mal tiempo por lo que no pudimos disfrutar de Sintra y su “Palácio Nacional da Pena”. En realidad lo único que vimos fue niebla. Pero bueno, ese es un motivo para volver a Lisboa. Recomendación: Sintra tiene un restaurante con una estrella Michelín en el que se come de vicio: "Cantinho de S.Pedro".

Tranvía por Lisboa

Cuando uno llega a Lisboa, piensa en lo bonita que tiene que ser, en todo lo que se puede aprender. Al pasear, puede que el desanimo nos invada por esperar algo más. Pero al marcharte, ya no puedes desprenderte de la sensación de magia que te acompañará siempre que pienses en sus calles. Como dice una canción: “Si tu magia ya no me hace efecto, cómo voy a continuar”.

Fotos: Canon Eos 450 D/ Iphone 4

ROCÍO CAMPOS