miércoles, 30 de junio de 2010

ALMOROX, UNA PEQUEÑA PARTE DEL MUNDO

Pequeños lugares que nos hacen más grandes.

A veces, entre los edificios altos de la ciudad, el ruido de los coches, la gente pasando por la calle, el trabajo…nos olvidamos que la vida es algo más que todo eso. Fuera del límite de la población en la que habitamos, hay otros lugares que no conocemos, que ni siquiera sabemos que existen. Sus habitantes se levantan todas las mañanas (como nosotros) para realizar sus tareas, sin prisas por coger el tren, metro o autobús. Se saludan y paran para hablar sin mirar el reloj. Observan desde su ventana y ven un pinar, un río, las montañas…Yo sólo veo a mi vecino de enfrente. Por eso, los fines de semana intento aprovecharlos y ver que hay detrás de todos los edificios, casas y centros comerciales, y lo que descubro supera mis expectativas.

Hace un par de semanas, me invitaron a pasar un día en “Almorox” (Toledo), un pueblo a una hora en coche de Madrid. La casa en la que iba a pasar el día (y en la que disfruté de una agradable barbacoa y velada) estaba situada a unos 2 minutos del pueblo, en una urbanización entre los pinares. Tranquilo, sin ruidos, con la naturaleza como única vista desde el balcón. Sin pensar en el tiempo.

Como aventurera y curiosa que soy, les pedí a unos familiares que me acompañaran al pueblo a ver qué rincones escondía. Bajamos y nos acercamos a la oficina de turismo en la plaza de Almorox (siempre hay que acudir a ellas cuando se llega a un lugar desconocido. Sus aportaciones pueden hacer el recorrido más agradable).

Lo primero que fuimos a visitar fue la iglesia, dedicada a San Cristóbal y edificada en tiempo de los Reyes Católicos. Pequeña, recogida y muy acogedora. Apetecía sentarse en el último banco y que la historia penetrase en el cuerpo. A veces no es cuestión de andar y andar por los pasillos. El mejor viajero es el que de vez en cuando para, se sienta, observa y reflexiona. La historia nos enseña que antes de nosotros existieron otros, y antes, otros tantos y así sucesivamente. Todos ellos hicieron que lo que hoy somos, tenga algún sentido (aunque de vez en cuando lo perdamos).

Bajamos y llegamos hasta la plaza de Almorox, de estilo castellano, como la mayoría de las plazas de los pueblos del interior de España y con más historia de nuestro país. Pequeña, como toda la población, pero llena de vida. En ella se encuentra “la picota”, una columna en cuya coronación, rematada por cabeza de leones, se encuentra un templete con un escudo con la letra “A” y la fecha de construcción, 1566.


En esta misma plaza se encuentra el Ayuntamiento (allí también está la oficina de turismo), construido en 1799, en época de Carlos IV. De todos los Ayuntamientos que he visto, en distintos pueblos y ciudades, tengo que decir que el de Almorox es el que más desapercibido pasa. Sabes qué es ese edificio cuando lo ves y por la situación, pero está tan insertado con el paisaje guardando una armonía, que puede parecer, tan pequeño, otro edificio más de pisos.


De vuelta a casa de mis anfitriones, paramos en la “Ermita Ntra. Sra. de la Piedad”. Construida en el siglo XVII sobre los restos de una mezquita árabe, este pequeño santuario adorado por sus habitantes, es un pequeño remanso de paz. Aquí no es necesario sentarse y reflexionar. El pequeño habitáculo es una muestra de lo que somos. El interior de España sigue guardando historias que jamás conoceremos. Esa historia está en cada pared, en cada lugar, en cada pueblo que recorre nuestras carreteras. Somos un país pequeño, pero muy grande y rico en historia y los pequeños lugares son a veces los que nos lo recuerdan.

Un proverbio senegalés dice: “Cuándo no sepas a dónde vas, párate y mira de dónde vienes.” Cuando hagan turismo, párense, observen y miren de dónde vienen.

Fuente: Folletos turístico "Almorox"

Fotos: Canon Eos 450D

ROCÍO CAMPOS

lunes, 14 de junio de 2010

FUERTEVENTURA, UN OASIS DE CALMA


La isla capaz de parar el tiempo...



El sonido de las gaviotas. El mar rompiendo en la orilla. La arena blanca de la playa arrastrada por el viento, posada sobre los pies. La paz y la tranquilidad de pensar que el tiempo ya no importa. Aquí es una hora menos que en el resto de la Península, pero parece que el reloj se detuvo al llegar al aeropuerto.

Una de las mejores islas de Gran Canarias. La montaña y el mar acariciándose, mientras las gaviotas luchan contra el viento y el tiempo pasa muy despacio, retrasándose a cada segundo. Así es Fuerteventura.

Un avión de Easyjet nos llevó hasta nuestro destino vacacional, después de dos horas de retraso. Uno de los inconvenientes de las compañías “low cost”. Pero al final llegamos al aeropuerto de Puerto del Rosario, el único de la isla. De ahí a nuestro destino, Morro Jable, una de las mejores playas de la zona, distaba una hora en coche (hay varias oficinas de alquiler de coches en el aeropuerto, pero lo mejor es contratarlo cuando se elige el viaje).

El trayecto se hizo corto a través de la carretera FV-2, eran demasiadas las ganas de llegar. Admiramos el paisaje mientras de fondo, en la radio del coche, sonaba "esclavo de sus besos", de David Bisbal. Cada viaje tiene una canción. Observamos lo diferente que es la isla a una gran urbe: allí sólo hay montañas de piedra oscura entre las que, de vez en cuando, aparecen pueblos como “Castillo” o “Gran Tarajal”. Pequeños enclaves cerca del mar donde crecen los complejos hoteleros para los miles de turistas extranjeros que pueblan la isla a lo largo del año atraídos por la temperatura media de 20 a 24 grados. Para demostrar que no es mentira, no hay más que ver la salida de los aviones en el aeropuerto de Fuerteventura: uno sólo para Madrid y todos los demás para distintos puntos de Inglaterra y Alemania.



Llegada a nuestro destino: Hotel Barceló Jandía Mar. Cuatro estrellas y todo incluido gracias a una oferta de la compañía Barceló.

No hacía falta salir del hotel y no había tiempo para aburrirse: animación desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde; bebida y comida a todas horas; dos piscinas, más una para niños, más el spa con jacuzzi; tumbonas y sol hasta que el cuerpo no aguantase más. Cada noche un espectáculo distinto y luego discoteca. Un complejo turístico con mucha vida interior. Mirabas por la terraza de la habitación hacia la playa y no había nadie. Lógico.

A las seis de la tarde, más o menos, unas cuantas cabras bajaban de la montaña y paseaban a sus anchas por el hotel. Según preguntamos en el pueblo, la cabra es el animal típico de la zona. Cada isla tiene una especie de “mascota” y la cabra es la de Fuerteventura. De hecho, hay una cadena de tiendas en la isla llamadas “Cabrito” y los coches llevan pegatinas con este animal. Como en Barcelona llevan al burro.


Las cabras andan libres por las montañas. Se pueden ver si vas en coche de playa en playa, algo que puedes hacer si más o menos conoces los caminos o tienes buena vista y ves lo que aventureros anteriores han hecho, personas que decidieron descubrir cada centímetro de la isla, aprovechando cada rincón.

Y qué decir de la playa. Una de las mejores de España. Arena blanca, agua cristalina y nadie que te moleste a tu alrededor. De vez en cuando veías a personas andando por la orilla, pero el resto del tiempo estabas tú sólo frente al mar. Es verdad que el aire del clima tropical a veces puede resultar molesto, pero la tranquilidad y la comodidad que se vive en esa playa (nuestra zona era la de Jandía), no tiene precio. Todo era como un sueño: uno sólo en la playa, disfrutando del sonido del mar y la paz.

No dejas la isla cuando regresas. Parte de ella se queda contigo. Puedes hacer mil cosas a lo largo del día, pero en algún momento escucharás un pájaro y recordarás Fuerteventura y las gaviotas y, de pronto, sentirás cómo la arena te cubre mientras el mar acaricia tus pies.

La vida sigue, pero sabes que el tiempo se puede detener una vez que has visitado Fuerteventura.


Fotos: Canon Eos 450D y Action Sampler (Lomografía).

Rocío Campos